Medios sin dueños
La Primera Parte del documento: “La vida de nuestros pueblos hoy” nos ofrece una mirada sobre la realidad. Allí, en el Capítulo 2, encontramos las primeras referencias a los medios de comunicación:
“Los medios de comunicación han invadido todos los espacios y todas las conversaciones, introduciéndose también en la intimidad del hogar” (n° 39). “Se han ido introduciendo, por la utilización de los medios de comunicación de masas, un sentido estético, una visión acerca de la felicidad, una percepción de la realidad y hasta un lenguaje, que se quiere imponer como una auténtica cultura” (n° 45).
Estos pasajes, entre otros, se articulan dentro del análisis de la realidad cultural de la región. Es curioso que en dicho análisis los medios de comunicación aparezcan como una entidad en sí misma, sin referencias a los grupos de poder que los detentan, que tanto tienen que ver con la pobreza y la exclusión denunciada por el documento. Lo menos que puede decirse de esto es que el análisis es superficial al reparar solamente en los “efectos” culturales de los medios –muy obvios desde hace ya mucho tiempo, por otra parte– desvinculándolos de su inserción en la estructura económico-política de América Latina y el Caribe.
Decir si esta mirada que tildó de superficial es ingenua o no, es algo que supera las posibilidades de estas líneas.
“Los medios de comunicación han invadido todos los espacios y todas las conversaciones, introduciéndose también en la intimidad del hogar” (n° 39). “Se han ido introduciendo, por la utilización de los medios de comunicación de masas, un sentido estético, una visión acerca de la felicidad, una percepción de la realidad y hasta un lenguaje, que se quiere imponer como una auténtica cultura” (n° 45).
Estos pasajes, entre otros, se articulan dentro del análisis de la realidad cultural de la región. Es curioso que en dicho análisis los medios de comunicación aparezcan como una entidad en sí misma, sin referencias a los grupos de poder que los detentan, que tanto tienen que ver con la pobreza y la exclusión denunciada por el documento. Lo menos que puede decirse de esto es que el análisis es superficial al reparar solamente en los “efectos” culturales de los medios –muy obvios desde hace ya mucho tiempo, por otra parte– desvinculándolos de su inserción en la estructura económico-política de América Latina y el Caribe.
Decir si esta mirada que tildó de superficial es ingenua o no, es algo que supera las posibilidades de estas líneas.
Nosotros y los medios
Pero el tema que nos ocupa es abordado en forma directa en el apartado tercero del capítulo 10: “Nuestros pueblos y la cultura” de la Tercera Parte “La vida de Jesucristo para nuestros pueblos”, que se titula “Pastoral de la Comunicación Social” y abarca los números 503 al 509.
Lo primero que se nos ofrece es una constatación epocal:
“La revolución tecnológica y los procesos de globalización configuran el mundo actual como una gran cultura mediática. Esto implica una capacidad para reconocer los nuevos lenguajes, que pueden ayudar a una mayor humanización global. Estos nuevos lenguajes configuran un elemento articulador de los cambios en la sociedad.” (nº 503)
En el nº 504 encontramos referencias magisteriales acerca del lugar que los medios deberían ocupar en la evangelización. Y es el número siguiente el más significativo por encontrarnos en él con decisiones pastorales:
“A fin de formar discípulos y misioneros en este campo, nosotros, los obispos reunidos en la V Conferencia, nos comprometemos a acompañar a los comunicadores, procurando:
a) Conocer y valorar esta nueva cultura de la comunicación.
b) Promover la formación profesional en la cultura de la comunicación de todos los agentes y creyentes.
c) Apoyar y optimizar, por parte de la Iglesia, la creación de medios de comunicación social propios, tanto en los sectores televisivo y radial, como en los sitios de Internet y en los medios impresos.
d) Estar presente en los MCS: prensa, radio y tv, sitios de internet, foros y tantos otros sistemas para introducir en ellos el misterio de Cristo.
e) Educar en la formación critica en el uso de los medios de comunicación desde la primera edad.
f) Animar las iniciativas existentes o por crear en este campo, con espíritu de comunión.
g) Formar comunicadores profesionales competentes y comprometidos con los valores humano-cristianos en la transformación evangélica de la sociedad.
h) Promover leyes para crear nueva cultura que protejan a los niños, jóvenes y más vulnerables para que la comunicación no conculque los valores y, en cambio, creen criterios válidos de discernimiento.
i) Desarrollar una política de comunicación capaz de ayudar tanto las pastorales de comunicación como los medios de comunicación de inspiración católicos a encontrar su lugar en la misión evangelizadora de la Iglesia.” (nº 505).
Me interesa detenerme en los apartados §c y §d. Aquí se definen dos acciones convergentes aunque de distinto tipo: la primera, tener medios de comunicación propios; la segunda, hacerse presente en los que ya existen. Como las dos cosas, en mayor o en menor medida, ya se dan en los hechos, hubiera sido interesante un balance pastoral de esas experiencias. A lo ancho y a lo largo de la región, la Iglesia posee editoriales, radios, canales de televisión, centros culturales, sitios virtuales, etcétera. A lo largo y a lo ancho de la región, la Iglesia tiene una gran influencia sobre los más importantes medios de comunicación. ¿Cómo se evalúa aquella presencia? ¿Cuáles son los frutos humanizadores y evangelizadores de esta influencia? ¿O sólo es cuestión de poder?
Por otro lado, ¿cómo “introducir” en los medios de comunicación “el misterio de Cristo” (nº 505 §d)? Se echa de menos en el documento una teología de las semillas del Verbo. Esta expresión sólo es utilizada para hacer referencia a las culturas originarias de América Latina y el Caribe (sin sacar muchas consecuencias prácticas de ello), pero nunca para valorar la cultura actual. Por ejemplo, si hiciéramos un análisis de la programación televisiva argentina, encontraríamos que el misterio de Cristo está presente, a su manera, en muchos lados, y no por referencias explícitas a lo religioso o lo cristiano, sino por un humanismo manifiesto. Quizás en otro número de la Rol podamos profundizar este tema.
Un poquitito más...
Lo que sigue (de los números 506 al 509) es una reflexión más que obvia sobre “la Internet” y su potencialidad evangelizadora, algo en lo que la gente de esta Rol podría dar cátedra hace tiempo.
El apartado siguiente “Nuevos areópagos y centros de decisión” se vincula también a nuestro tema cuando explícitamente se pide “optimizar el uso de los medios de comunicación católicos, haciéndolos más actuantes y eficaces, sea para la comunicación de la fe, sea para el diálogo entre la Iglesia y la sociedad” (nº 516 §b), como así también “actuar con los artistas, deportistas, profesionales de la moda (¡sic!: ¡atención Dotto, Piazza y Giordano!), periodistas, comunicadores y presentadores, así como con los productores de información en los medios de comunicación, con los intelectuales, profesores, líderes comunitarios y religiosos” (nº 516 c).
Hasta aquí llegamos por hoy. Una de las tantas y posibles conclusiones es que, por momentos, el Documento final de Aparecida cae en la tentación enciclopédica de hablar de todos los temas, diciendo de cada cual un poquito y sin profundizar en ninguno. La problemática de los medios de comunicación y la pastoral a ellos vinculada no parece ser la excepción.
Artículos relacionados:
Los Medios de Comunicación Social en Aparecida
Dios tiene éxito entre los medios de comunicación
Lo primero que se nos ofrece es una constatación epocal:
“La revolución tecnológica y los procesos de globalización configuran el mundo actual como una gran cultura mediática. Esto implica una capacidad para reconocer los nuevos lenguajes, que pueden ayudar a una mayor humanización global. Estos nuevos lenguajes configuran un elemento articulador de los cambios en la sociedad.” (nº 503)
En el nº 504 encontramos referencias magisteriales acerca del lugar que los medios deberían ocupar en la evangelización. Y es el número siguiente el más significativo por encontrarnos en él con decisiones pastorales:
“A fin de formar discípulos y misioneros en este campo, nosotros, los obispos reunidos en la V Conferencia, nos comprometemos a acompañar a los comunicadores, procurando:
a) Conocer y valorar esta nueva cultura de la comunicación.
b) Promover la formación profesional en la cultura de la comunicación de todos los agentes y creyentes.
c) Apoyar y optimizar, por parte de la Iglesia, la creación de medios de comunicación social propios, tanto en los sectores televisivo y radial, como en los sitios de Internet y en los medios impresos.
d) Estar presente en los MCS: prensa, radio y tv, sitios de internet, foros y tantos otros sistemas para introducir en ellos el misterio de Cristo.
e) Educar en la formación critica en el uso de los medios de comunicación desde la primera edad.
f) Animar las iniciativas existentes o por crear en este campo, con espíritu de comunión.
g) Formar comunicadores profesionales competentes y comprometidos con los valores humano-cristianos en la transformación evangélica de la sociedad.
h) Promover leyes para crear nueva cultura que protejan a los niños, jóvenes y más vulnerables para que la comunicación no conculque los valores y, en cambio, creen criterios válidos de discernimiento.
i) Desarrollar una política de comunicación capaz de ayudar tanto las pastorales de comunicación como los medios de comunicación de inspiración católicos a encontrar su lugar en la misión evangelizadora de la Iglesia.” (nº 505).
Me interesa detenerme en los apartados §c y §d. Aquí se definen dos acciones convergentes aunque de distinto tipo: la primera, tener medios de comunicación propios; la segunda, hacerse presente en los que ya existen. Como las dos cosas, en mayor o en menor medida, ya se dan en los hechos, hubiera sido interesante un balance pastoral de esas experiencias. A lo ancho y a lo largo de la región, la Iglesia posee editoriales, radios, canales de televisión, centros culturales, sitios virtuales, etcétera. A lo largo y a lo ancho de la región, la Iglesia tiene una gran influencia sobre los más importantes medios de comunicación. ¿Cómo se evalúa aquella presencia? ¿Cuáles son los frutos humanizadores y evangelizadores de esta influencia? ¿O sólo es cuestión de poder?
Por otro lado, ¿cómo “introducir” en los medios de comunicación “el misterio de Cristo” (nº 505 §d)? Se echa de menos en el documento una teología de las semillas del Verbo. Esta expresión sólo es utilizada para hacer referencia a las culturas originarias de América Latina y el Caribe (sin sacar muchas consecuencias prácticas de ello), pero nunca para valorar la cultura actual. Por ejemplo, si hiciéramos un análisis de la programación televisiva argentina, encontraríamos que el misterio de Cristo está presente, a su manera, en muchos lados, y no por referencias explícitas a lo religioso o lo cristiano, sino por un humanismo manifiesto. Quizás en otro número de la Rol podamos profundizar este tema.
Un poquitito más...
Lo que sigue (de los números 506 al 509) es una reflexión más que obvia sobre “la Internet” y su potencialidad evangelizadora, algo en lo que la gente de esta Rol podría dar cátedra hace tiempo.
El apartado siguiente “Nuevos areópagos y centros de decisión” se vincula también a nuestro tema cuando explícitamente se pide “optimizar el uso de los medios de comunicación católicos, haciéndolos más actuantes y eficaces, sea para la comunicación de la fe, sea para el diálogo entre la Iglesia y la sociedad” (nº 516 §b), como así también “actuar con los artistas, deportistas, profesionales de la moda (¡sic!: ¡atención Dotto, Piazza y Giordano!), periodistas, comunicadores y presentadores, así como con los productores de información en los medios de comunicación, con los intelectuales, profesores, líderes comunitarios y religiosos” (nº 516 c).
Hasta aquí llegamos por hoy. Una de las tantas y posibles conclusiones es que, por momentos, el Documento final de Aparecida cae en la tentación enciclopédica de hablar de todos los temas, diciendo de cada cual un poquito y sin profundizar en ninguno. La problemática de los medios de comunicación y la pastoral a ellos vinculada no parece ser la excepción.
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